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No pudimos más que reírnos cuando aún no se había iniciado la guerra contra Irak y en EE.UU. se declaraba la guerra contra las papas fritas.
Nada menos que en el bar del Congreso norteamericano se cambiaba el nombre corriente con que se designa a las papas fritas (french fries) por “papas de la libertad”, en claro repudio a la oposición que Francia presentaba contra una probable guerra en Medio Oriente.
Este “gesto simbólico” –como lo denominó uno de sus promotores- fue ideado por los legisladores republicanos Bob Ney y Walter Jones.
Sin embargo, la risa no duró demasiado. Los EE.UU., junto a su socio británico, iniciaron inmediatamente un ataque unilateral contra Irak, que hoy se ha transformado en la guerra más repudiada por la población mundial de toda la historia de la humanidad.
Repentinamente, las imágenes de los bombardeos se instalaron en los televisores de todo el mundo para quedarse. Mientras la censura del poder imperialista limitaba las escenas a cuadros poco convincentes de tanques avanzando en la arena, la guerra se cobraba sus primeras víctimas: mujeres, niños y niñas caían mutilados, desmembrados en mercados comunitarios, hospitales y maternidades.
Para descansar del horror, los productores de la televisión, matizaban las imágenes de la muerte con la de los soldados norteamericanos en su pausa cotidiana, empinando latas de Pepsi o botellas de Gatorade y saboreando papas fritas Lays, en sus campamentos.
Nadie vio qué hacen los soldados con las latas vacías de sus gaseosas. Quizás no queden desparramadas en el suelo. Quizás sus buenos modales y la disciplina militar los obligue a recoger los envases para no contaminar.
Sí pudimos ver, en las cadenas de televisión árabes qué es lo que hacen los soldados norteamericanos con los iraquíes. Hoy, brazos, piernas, cuerpos mutilados siembran las calles de las ciudades de Irak.
Son el producto de las bombas que tiran los soldados que beben Pepsicola. Son el producto de una barbarie financiada por grandes pulpos empresarios, como Pepsico.
En Buenos Aires, el porcentaje de la población que repudia la guerra es uno de los más altos del mundo. Sin embargo, no hay grandes movilizaciones como en España, Gran Bretaña o los mismos EE.UU. La guerra está lejos para los argentinos, que no dejan de beber Pepsicola aunque aplaudan a los jóvenes que sitian los locales de Mc Donald’s en repudio a la agresión imperialista.
Mientras tanto, a pocos kilómetros de la embajada norteamericana en Buenos Aires, cientos de mujeres han dejado de fabricar papas fritas para Pepsico durante una jornada entera.
No era la sangre iraquí la que salpicaba las máquinas, sino la de Gladys, una obrera de la empresa alimenticia. La máquina en la que trabajaba acababa de devorar su brazo, arrancándolo como seguramente los arranca una granada, una esquirla, un misil, una mina antipersona. (1)
Un soldado abre un paquete de papas fritas de la libertad en Irak.
Ella, que acaba de hacer miles de esas papas fritas, pierde un brazo por la voracidad de una patronal imperialista que la obliga a limpiar la máquina, además de cumplir con su jornada de operaria, en pie y a toda velocidad.
El, allá en el desierto, deja la lata de Pepsi a un costado y apunta.
Aquella, con el velo cubriéndole el rostro, pierde un brazo, por el estallido de una bomba en medio de un mercado que no conoce productos envasados al vacío.
Dicen que Irak destruido por las bombas de Bush dará abultados dividendos, tanto como los que dan los brazos y la sangre de todas las obreras del mundo a los capitalistas.
(1) El comunicado de prensa que emitieron los obreros y obreras de Pepsico anunciando esto puede leerse en http://www.argentina.indymedia.org/news/2003/04/96732.php
Para enviar solidaridad a la trabajadora de Pepsico debe comunicarse a [email protected]
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